Nos enseñaron el placer como una curva que hay que completar. Si no hay clímax, hubo fracaso. Eso se parece más a un tablero de métricas que a un cuerpo, y probablemente ya te agotó en más de una cama.
Cuando el tantra no está posando para una foto, propone algo bastante menos heroico: quedarte en lo que hay. Un calor en la panza. Un aburrimiento honesto. Un orgasmo que llega y que nadie aplaude. Sacarle la meta al placer no lo vuelve tibio, lo vuelve tuyo.
