La nómada digital mueve la notebook con más lealtad que la pelvis. Cada Airbnb es una cama distinta, una almohada que no es la propia y un sueño que se despierta con cualquier ruido nuevo. El cuerpo tarda bastante más que el check-in en creer que llegó.
Habitar no es tener una planta ni colgar algo en la pared. Es repetir un gesto, el mismo desayuno, la misma vereda, la misma esquina a la misma hora, hasta que el sistema nervioso deje de hacer las valijas mentalmente.
