Hay mujeres que se vuelven expertísimas en el cuidado ajeno y bastante torpes para quedarse quietas. Recibir puede dar culpa, risa nerviosa, ganas de preguntar si la otra está cómoda, impulso de acomodar la toalla que no hace falta acomodar.
Esa pregunta, si la otra está bien, es un hábito viejo, no una virtud. Un rato sin devolver el gesto no te vuelve egoísta. Te vuelve alguien que por fin está del lado de la camilla que casi nunca conoció.
