La nómada que trabaja desde un café de Palermo y la porteña con home office comparten el mismo mueble: la silla. La pelvis se apaga para que la cabeza produzca, hora tras hora, y el cuerpo aprende a ser un soporte.
Después, a la noche, le pedimos a ese mismo cuerpo que sea brillante, deseante, disponible. No es un misterio hormonal ni una falla personal: es diseño de jornada. Antes de buscar libido en un suplemento, vale contar cuántas horas por día tu cuerpo existió sólo para sostener una pantalla.
